Publicación #67

El derecho en un periodo de transición entre dos épocas, por Carlos Fernandez Sessarego

Carlos Fernández Sessarego

2018-10-01

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SUMARIO: 1. Introducción.- 2. El privilegiado conocimiento de las del mundo.- 3. El descubrimiento de la existencia como libertad.- 4. La crisis del mundo contemporáneo.- 5. Las transformaciones, los cambios, las esperanzas.- 6. La transición entre dos épocas históricas.- 7. El derecho en un mundo en transición entre dos épocas.- 8. Los nuevos alcances de la subjetividad jurídica.- 9. La clasificación fundamental del derecho.- 10. Propiedad y abuso del derecho.- 11. Reflexiones sobre la naturaleza de la persona jurídica.- 12. La reformulación de otros institutos jurídicos: a) La reformulación de la responsabilidad civil. b) Cuestionamiento en torno a la capacidad jurídica. c) Revisión de la noción de acto jurídico.- 13. Funciones del derecho en un período de transición.

1.   INTRODUCCION 

La vida humana social es el elemento primario, aunque no el único, del derecho. Por ello, todo lo que acontece en la sociedad se halla ínsito en lo jurídico. Nada le es ajeno. El derecho, en cuanto el hombre es un ser estructuralmente coexistencial, responde a una ineludible exigencia de su naturaleza. No es concebible la convivencia sin normas que la regulen.

De lo expuesto se infiere que para una mejor y más fina percepción de la evolución del derecho, es aconsejable asomarse a la historia de la humanidad. La visión del mundo, de las costumbres, las tendencias y hasta las aspiraciones propias de cada época histórica cristalizan, de alguna manera y medida, en la dimensión normativa del derecho. Esto hace que sea posible el que, a través de la aprehensión de lo jurídico, se acceda a la cultura de una determinada comunidad.

Como anota René David, el derecho "ayuda a conocer y a comprender mejor al pueblo cuyo derecho se estudia"(1). Esto es así porque hombre y derecho son realidades de suyo indesligables en tanto que el derecho pertenece a la estructura misma del ser humano. No es, por ende, un ejercicio exótico o inútil remitirse a la historia, aunque fuese de manera somera y esquemática, para una mejor comprensión de las concepciones jurídicas vigentes en cierto momento del acontecer humano.

2.  EL PRIVILEGIADO CONOCIMIENTO DE LAS COSAS DEL MUNDO

Desde los tiempos primitivos el hombre se interesó por dominar y transformar la naturaleza para ponerla a su servicio y valerse de ella para subsistir y mejorar, progresivamente, la calidad de su vida. Su afán cognoscitivo se centro preferentemente en las cosas que lo rodeaban, que se hallaban instaladas en el mundo exterior.

El ser humano se preocupó, casi exclusivamente, por la aprehensión epistemológica del ser que late y subyace en todas y cada una de las cosas del mundo. La filosofía era, por ende, metafísica. Sin embargo, sus esfuerzos no fueron recompensados pese a la tenaz inquisición, desplegada por siglos, por cuanto ella no llegó a ofrecerle respuestas convincentes, que merecieran general aceptación.

Pero, no sólo se careció de una respuesta a la pregunta que interroga por el ser sino que, como apunta Heidegger, la pregunta misma era oscura y carecía de dirección(2). El ser, para los griegos, era así un concepto universal y vacío.

La preeminente preocupación por las cosas emerge como tema dominante en la historia de la humanidad y del consiguiente pensamiento filosófico. Ellas no han sido ni son para el hombre sólo medios de subsistencia, sino que su posesión, en cantidades significativas, satisface también la sensualidad de poder que se manifiesta en su naturaleza.

Tal actitud generó una concepción filosófica y jurídica definidamente individualista, de raigambre egoísta, y una predominante mentalidad patrimonialista. Es decir, una posición en la cual no se apreciaba debidamente el interés y el derecho de los demás ni se consideraba a la solidaridad como un valor jurídico por excelencia. Los ordenamientos jurídicos positivos, al traducir normativamente esta visión del mundo, privilegiaban la tutela de la propiedad. El Código Civil de los franceses de 1804 es, quizá, su más clara muestra.

El individualismo no es condigno de la naturaleza humana en cuanto muestra al hombre como un ente aislado, desconectado de la sociedad, incomunicado. La filosofía de la existencia, al revalorizar al ser humano, redimensiona el planteamiento individualista que, por desconocer su naturaleza coexistencial es notoriamente insuficiente para dar cuenta, completa y cabal, de su estructura. El ser humano requiere de los demás para realizarse como tal. De ahí que pueda sostenerse que el hombre es social o no es.

3.  EL DESCUBRIMIENTO DE LA EXISTENCIA COMO LIBERTAD

Correspondió a Boecio, en los umbrales de le Edad Media, reformular y difundir la concepción aristotélica sobre el hombre cuando lo define como "una substancia indivisa de naturaleza racional". Los conceptos de "substancia" y de "razón", firmemente arraigados en el pensamiento filosófico de entonces, impidieron el que pudiera percibirse la fluida temporalidad histórica del ser humano cuya existencia es libertad.

El cristianismo comportó una inédita visión del hombre al considerarlo como un ser dotado de libre albedrío. Sin embargo, esta posición o fue generalmente ignorada o indebidamente interpretada a nivel filosófico.

Hubo que esperar algunos siglos para superar la parcialmente cierta pero insuficiente concepción de Boecio en torno al ser humano. Fue recién en la época contemporánea que surge una profunda y terca inquietud para hurgar en la naturaleza humana.

La filosofía de la existencia, que aparece en el período comprendido entra las dos últimas guerras mundiales, aporta nuevos y extraordinarios atisbos sobre el ser del hombre. Es mérito indiscutible de pensadores como Heidegger, Jaspers, Sartre, Marcel, Zubiri, Mounier, entre otros, el haber intuido la existencia como libertad, a la que se llega a través de una experiencia personal, intransferible, luego de un proceso de interiorización. La libertad se hace patente en los raros instantes en que el hombre debe adoptar decisiones de extrema importancia para su vida. La aprehensión de su propio ser, que se desvela como libertad, lo sume en la angustia, que es la máxima expresión de la responsabilidad humana. En este sentido, Jaspers afirma que la libertad le ha sido impuesta al hombre como su responsabilidad(3).

No obstante lo expresado, cabe destacar que ya en 1844, en la obra de Sören Kierkegaard titulada "El concepto de la angustia"(4), encontramos un revelador anticipo de lo que la filosofía existencial desarrollaría aproximadamente ochenta años después. El autor sostiene que el hombre es una síntesis de alma y cuerpo pero, y esto de suma importancia, esta síntesis está constituida y es sustentada por el espíritu. Con esta última expresión se alude a la libertad. Libertad que el hombre descubre al "volverse hacia adentro".

La libertad, según el citado autor, no significa necesariamente que el hombre pueda "alcanzar esto o aquello en el mundo, de llegar a rey y a emperador y a vocero de la actualidad; sino la libertad de tener en sí mismo la conciencia de que él es hoy libertad"(5). Completa esta intuición cuando sostiene que "la libertad no es nunca mera posibilidad: tan pronto como es, es real"(6).

El ser humano, en cuanto libre, es un ser creador, lábil, proyectivo, estimativo, que realiza su vida en el tiempo. La libertad no es ni un atributo ni una propiedad del ser humano sino, como apunta Zubiri, es la situación ontológica de quien existe desde el ser(7). Como sentencia Marcel, "decir ser libre es decir soy yo"(8).

La filosofía de la existencia nos muestra un ser humano dotado de una estructura bidimensional. Sin dejar de ser idéntico a sí mismo, singular, es simultáneamente coexistencial, abierto hacia los demás, en comunicación. Como lo precisa Jaspers, en la comunicación la existencia encuentra su ser al unirse con otras personas.

El aporte de la filosofía de la existencia sería decisivo para una radical revisión de los supuestos del derecho y para un consiguiente replanteo de la institucionalidad jurídica. 

4.  LA CRISIS DEL MUNDO CONTEMPORANEO

La historia de la humanidad constituye un proceso en constante evolución en el cual se observa, al lado de períodos de relativa estabilidad, otros de aceleración en cuanto a los cambios y a las transformaciones que, producidos en el pensamiento o en las costumbres, signan cada etapa histórica. Es opinión dominante que el proceso evolutivo de la vida comunitaria procede por contrastes, a la manera de los "corsi" y "ricorsi" a los que se refería en su tiempo Juan Bautista Vico.

Cuando los cambios operados en la humanidad son de tal importancia y magnitud que traen consigo una significativa ruptura con cierta ideología o con un estilo de vida, o con ambos, se suele decir que nos hallamos frente a una etapa de crisis.

Las crisis, que se desenvuelven en un amplio arco de tiempo, con precedidas por una actitud crítica. Por su hondura y radicalidad, abarcan y comprometen todos los ámbitos de la vida.

Las profundas transformaciones que se advierten en nuestro tiempo, y a aquellas otras que no es difícil predecir, nos permiten intuir que la humanidad ha ingresado a un período de crisis, cuya duración y alcances no es dable vaticinar. Esta intuición se sustenta en la comprobación de los numerosos cambios que presenciamos, entre asombrados y preocupados, y en los múltiples indicios y vislumbres de lo que probablemente podría acaecer en un futuro no lejano.

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